La imaginación solo necesita un lugar para salir a jugar, un taller de creatividad para mujeres.
Hay lugares donde una va a aprender a hacer algo.
Y hay lugares donde una va a descubrir qué puede pasar cuando se permite experimentar.
Quiero que el Laboratorio de Experiencias Creativas de Haz Magia con tus Manos sea de esos segundos lugares.
Hace unos días vivimos nuestra segunda experiencia: Volver a Imaginar.
La pregunta que nos acompañó fue:
¿Qué podría aparecer si, por un rato, dejo de intentar hacerlo bien?
Y, como suele suceder cuando una hace una pregunta de verdad, aparecieron cosas que no habíamos planeado.

Primero cerramos los ojos
Había cinco mujeres alrededor de la mesa en este taller de creatividad para mujeres.
Cuatro ya habían vivido nuestra primera experiencia y una participaba por primera vez.
Sobre la mesa había paisajes, fotografías, papeles, stickers, pegamento y foil de distintos colores, acabados y texturas.
Pero antes de tocar cualquiera de esos materiales, les pedí que cerraran los ojos.
Cada una tenía frente a sí una imagen.
Y comenzamos a imaginar.
¿A qué huele este lugar?
¿Qué sonidos se escuchan?
¿Quien o que vive ahí?
¿Qué habría si en esta imagen pudiera existir cualquier cosa?
Me encantó verlas con los ojos cerrados, entrando poco a poco en sus propias historias. Algunas incluso respondían en voz alta.
Después abrimos los ojos y comenzó el experimento.
No había que hacerlo bien
Les expliqué brevemente cómo funcionaba el foil.
Pegamento.
Esperar.
Colocar el foil.
Presionar.
Retirar.
Y entonces apareció el primer “wow”.
Ese pequeño momento de sorpresa cuando descubres que aquello que parecía una simple hoja de color puede quedarse adherido a tu imagen y transformarla.
Después cada una comenzó a encontrar su propia manera de crear.
Algunas recortaron papeles y empezaron a acomodar figuras.
Otras buscaron entre los stickers.
Y poco a poco los paisajes comenzaron a cambiar.
Una de ellas encontró una silueta de hada y no le gustaba que fuera completamente negra. Se le ocurrió cubrirla con foil plateado con brillo.
Le quedó preciosa.
Y entonces otra quiso hacer algo parecido.
Porque una idea también puede viajar de una persona a otra.

Cada quien imaginó algo diferente
Y esto fue una de las cosas que más me sorprendió y me gustó.
En un taller de creatividad para mujeres la libertad para imaginar y crear es muy importante.
Tres de ellas llevaron su imagen hacia recuerdos de su propia vida.
Una creó un parque de su pueblo.
Otra recordó los viajes por carretera que hacía con sus padres cuando tenía ocho años.
Otra representó una cabaña a la que iba con sus papás.
Mientras tanto, otra creó un mundo completamente diferente: las tazas formaban parte del paisaje y entre ellas aparecieron peces y sirenas.
No había una manera correcta de imaginar.
Y eso era precisamente lo que estábamos explorando.
Porque imaginar no siempre significa inventar algo fantástico.
A veces significa volver a mirar algo que ya vivimos.
Otras veces significa recordar.
E incluso significa inventar sirenas donde antes solo había tazas.
Y a veces significa atreverse a cambiar aquello que parecía que ya estaba echado a perder.
Si está echado a perder échalo a perder más
Esta fue, para mí, una de las historias más bonitas del taller.
Una de las participantes estaba teniendo muchas dificultades para intervenir su imagen.
Le costaba decidir qué hacer.
Algunas cosas no le gustaban.
Y una de las situaciones que más le preocupó fue que su trabajo se manchó.
Llegó incluso a pensar que la solución podía ser cortar la imagen y eliminar los errores.
Probamos algunas ideas.
No le convencían.
Entonces le dije algo que quizá parecía absurdo:
Si ya piensas que está echado a perder, échalo a perder más.
Más.
Todo.
Porque cuando ya no hay nada que perder, quizá podemos dejar de intentar salvarlo.
Y entonces empezó a soltarse.
Aparecieron formas nuevas.
Ideas que antes no estaban.
Elementos imaginarios.
Y poco a poco esa pieza que al principio parecía un problema se convirtió en otra cosa.
Para mí, ahí ocurrió el verdadero experimento.
No cuando aprendimos a poner foil.
Sino cuando dejó de importar tanto si estaba bien o mal. Y esta es una parte muy importante de este taller de creatividad para mujeres.

Crear también puede ser una forma de mirar de nuevo
Al terminar, cada una mostró su pieza y contó lo que había creado o lo que había querido representar.
Y pasó algo que me encanta de estas experiencias:
todas festejaron a todas.
No hubo calificaciones.
Ni “esta está mejor”.
No hubo interpretación de las obras.
Simplemente miramos juntas lo que había aparecido.
Escucharlas hablar con brillo en los ojos sobre sus piezas fue uno de esos momentos en los que una recuerda por qué hace lo que hace.
Porque no veníamos a demostrar que éramos creativas.
Venimos a descubrir qué ocurre cuando nos damos permiso para crear.
Y entonces apareció un pequeño permiso
Para cerrar la experiencia preparé una tarjeta pequeña.
Muy pequeña a propósito.
Quería que pudieran guardarla en una bolsa, en un cajón, entre papeles.
Que quizá un día apareciera inesperadamente y les recordara algo que habían experimentado esa tarde.
En la tarjeta decía:
Me otorgo permiso de experimentar, imaginar, probar caminos nuevos y crear sin la obligación de hacerlo perfecto.
La leí para ellas porque las letras eran pequeñas.
Mientras la leía, asentían.
Les gustó.
La firmaron.
Y se la llevaron.
Porque quizá necesitamos recordar de vez en cuando que no todo tiene que salir bien a la primera.
Que podemos probar.
Cambiar.
Equivocarnos.
Volver a empezar.
O incluso, algunas veces, echarlo a perder más.
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Y pasó algo que no estaba en el programa
El salón donde hicimos el taller tiene una ventana hacia un patio interior que pertenece a una cafetería.
Mientras estábamos creando, alguien que estaba afuera vio lo que ocurría.
Preguntó qué era.
Le dijeron que era un taller de creatividad para adultos.
Entonces tocó la puerta.
Quería saber cómo funcionaba.
Y preguntó cómo podía llevar a su mamá.
No estaba inscrita.
No sabía que existía el Laboratorio.
Simplemente vio a cinco mujeres creando juntas y sintió curiosidad.
Y creo que pocas cosas podían emocionarme más.
Porque quizá eso es lo que quiero que suceda con Haz Magia con tus Manos.
Que despierte curiosidad cuando alguien nos vea.
Que alguien piense:
“Yo quiero estar ahí.”
Y que una mujer pueda descubrir que todavía tiene muchos mundos por imaginar.
Volver a imaginar
Este segundo Laboratorio me confirmó algo que ya empezaba a sospechar:
No necesitamos crear experiencias para demostrar que sabemos hacer cosas.
Podemos crear experiencias para descubrir qué aparece cuando nos damos permiso de probar.
Una pregunta.
Un material.
Un experimento.
Una conversación.
Y después, observar con nuevos ojos lo que apareció.
Porque la imaginación no necesariamente se pierde.
A veces solo necesita un lugar donde volver a jugar.
Crear con las manos.
Observar con nuevos ojos.
Ese es el corazón de Haz Magia con tus Manos.
Y este fue apenas el segundo encuentro.
La colección de experiencias apenas comienza.
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